martes, 5 de noviembre de 2013
sábado, 27 de julio de 2013
Página 3 del "Libro de la vida", escrito por Santa Teresa de Ávila.
Página 3 del “Libro de la vida”
Escrito por Santa Teresa de Ávila.
4. En querer ésta
vanamente ponía afán extremo. Los medios que eran necesarios para guardarla, no
ponía ninguno. Sólo para no perderme del todo tenía gran miramiento. Mi padre y
hermana resentían mucho esta amistad. Me la reprendían muchas veces. Como no
podían evitar la ocasión de entrar ella en casa, no les resultaban sus
diligencias, porque mi sagacidad para cualquier cosa mala era mucha. Me espanta
algunas veces el daño que hace una mala compañía, y si no hubiera pasa do por
ello, no lo pudiera creer. En especial en tiempo de juventud debe ser mayor el
mal que hace. Querría que escarmentasen en mí los padres para tener mucho
cuidado en esto. Y es así que de tal manera me trastornó esta conversación que
de natural y alma virtuosa no me dejó casi ninguna virtud, y hasta me parece
que me imprimía sus condiciones ella y otra que tenía la misma manera de
pasatiempos.
5. Por aquí entiendo
el gran provecho que hace la buena compañía, y tengo por cierto que, si tratara
en aquella edad con personas virtuosas, que estuviera entera en la virtud.
Porque si en esta edad tuviera quien me enseñara a temer a Dios, fuera tomando
fuerzas el alma para no caer. Después, quitado este temor del todo, me quedó
sólo el de la honra, que en todo lo que hacía me traía atormentada. Con pensar
que no se había de saber, me atrevía a muchas cosas bien contra ella y contra
Dios.
6. Al principio me
hicieron daño las cosas dichas, a lo que me parece, y no debía ser suya la
culpa, sino mía. Porque después mi malicia para el mal bastaba, junto con tener
criadas, que para todo mal hallaba en ellas buena disposición; que si alguna
fuera en aconsejarme bien, por ventura me aprovechara; más el interés las
cegaba, como a mí la afición. Y pues nunca era inclinada a mucho mal_ porque
cosas deshonestas naturalmente las aborrecía_ sino a pasatiempos de buena
conversación, aunque puesta en la ocasión, estaba en la mano el peligro, y
ponía en él a mis padres y hermanos. De tales peligros y ocasiones me libró
Dios de manera que se parece bien procuraba contra mi voluntad que del todo no
me perdiese, aunque no pudo ser tan secreto que no hubiera harta quiebra de mi
honra y sospecha en mi padre. Porque no habían transcurrido tres meses que andaba
en estas vanidades, cuando me llevaron a un monasterio que había en este lugar,
adonde se criaban personas semejantes, aunque no tan ruines en costumbres como
yo; y esto con gran disimulación, que sola yo y algún deudo lo supo; porque
aguardaron la coyuntura que no pareciese novedad; porque, haberse mi hermana
casado y quedarme sola sin madre, no estaba bien.
7. Era tan demasiado
el amor que mi padre me tenía y la mucha disimulación mía, que no había creer
tanto mal de mí, y así no quedó en desgracia conmigo. Como fue breve el tiempo,
aunque se entendiese algo, no debía ser dicho con certeza. Porque como yo temía
tanto la honra, todas mis diligencias eran en que fuese secreto, y no miraba
que no podía serlo a quien todo lo ve. ¡Oh Dios mío! ¡Que daño hace en el mundo
tener esto en poco y pensar que ha de haber cosa secreta que sea contra Ti!
Tengo por cierto que se excusarían grandes males si entendiésemos que no está
el negocio en guardarnos de los hombres, sino en evitar descontentarte a Ti.
8. Los primeros ocho
días sentí mucho, y más la sospecha que tuve se había entendido la vanidad mía,
que no de estar allí. Porque yo ya andaba cansada y no dejaba de tener gran
temor de Dios cuando le ofendía, y procuraba confesarme con brevedad. Traía un
desasosiego, que en ocho días_ y aún creo menos estaba_ mucho más contenta que
en casa de mi padre. Todas lo estaban conmigo, porque en esto me daba el Señor
gracia, en dar contento adonde quiera que estuviese, y así era muy querida. Y
puesto que yo estaba entonces ya enemiguísima de ser monja, me reconfortaba ver
tan buenas monjas, que lo eran mucho las de aquella casa, y de gran honestidad
y religión y recatamiento. Aun con todo
esto no me dejaba el demonio de tentar, y buscar los de fuera cómo desazogarme
con precauciones. Como no había lugar, pronto se acabó, y comenzó mi alma a
acostumbrarse en el bien de mi primera edad y vi la gran merced que hace Dios a
quien pone en compañía de buenos. Me parece que andaba su Majestad mirando y
remirando por donde me podía tornar a sí. ¡Bendito seas Señor que tanto me has
sufrido¡ Amén.
Página 3 del" Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen"
Página 3 del Libro “Tratado de la verdadera
devoción a la santísima Virgen”
25/ Dios Espíritu
Santo comunicó a su fiel esposa, María, sus dones inefables y la escogió por
dispensadora de cuanto posee. De manera que ella distribuye a quien quiere,
cuanto quiere, como quiere y cuando quiere todos sus dones y gracias. Y no se
concede a los hombres ningún don celestial que no pase por sus manos
virginales. Porque tal es la voluntad de Dios que quiere que todo lo tengamos
por María. Y porque así será enriquecida, ensalzada y honrada por el Altísimo
la que durante su vida se empobreció, humilló y ocultó hasta el fondo de la
nada por su humildad. Estos son los sentimientos de la Iglesia y de los Santos
Padres.
26/ Si yo hablara a
ciertos sabios actuales, probaría cuanto afirmo sin más, con textos de la
Sagrada Escritura y de los Santos Padres, citando al efecto sus pasajes
latinos, y con otras sólidas razones, que se pueden ver largamente expuestas
por el R, P. Poiré en su Triple corona
de la Santísima Virgen.
Pero estoy hablando de
modo especial a los humildes y sencillos. Que son personas de buena voluntad,
tienen una fe más robusta que la generalidad de los sabios y creen con mayor
sencillez y mérito. Por ello me contento con declararles sencillamente la
verdad, sin detenerme a citarles los pasajes latinos, que no entienden. Aunque
no renuncio a citar algunos, pero sin esforzarme por buscarlos. Prosigamos.
2_ Influjo maternal de
María.
27/ LA gracia
perfecciona a la naturaleza, y la gloria a la gracia. Es cierto por tanto, que
el Señor es todavía en el cielo Hijo de María como lo fue en la tierra y, por
consiguiente, conserva para con ella la sumisión y obediencia del mejor de
todos los hijos para con la mejor de todas las madres. No veamos, sin embargo, en esta dependencia
ningún desdoro o imperfección en Jesucristo. María es infinitamente inferior a
su hijo, que es Dios. Y por ello, no le manda como haría una madre a su hijo de
aquí abajo, que es inferior a ella. María, toda transformada en Dios por la
gracia y la gloria,_ que transforma en El a todos los santos_ no le pide,
quiere ni hace nada que sea contrario a la eterna e inmutable voluntad de Dios.
Por tanto, cuando
leemos en San Bernardo, San Buenaventura, San Bernardino y otros, que en el
cielo y en la tierra todo_ inclusive el mismo Dios_ está sometido a la
Santísima Virgen, quieren decir que la autoridad que Dios le confirió es tan
grande que parece como si tuviera el mismo poder de Dios y que sus plegarias y
súplicas son tan poderosas ante Dios que valen como mandatos ante la divina
Majestad. La cual no desoye jamás las súplicas de su querida Madre, porque son
siempre humildes y conformes a la voluntad divina.
Si Moisés, con la
fuerza de su plegaria, contuvo la cólera divina contra los israelitas en forma
tan eficaz que el Señor altísimo e infinitamente misericordioso, no pudiendo
resistirle, le pidió que le dejase encolerizarse y castigar a ese pueblo
rebelde (Exodo 32,10). ¿Qué debemos pensar_ con mayor razón_ de los ruegos de
la humilde María, la digna madre de Dios, que son más poderosos delante del
Señor, que las súplicas e intercesiones de todos los ángeles y santos del cielo
y de la tierra?
28/ María impera en el
cielo sobre los ángeles y bienaventurados. En recompensa a su profunda
humildad, Dios la ha dado el poder y la misión de llenar de santos los tronos
vacíos, de donde por orgullo cayeron los ángeles apóstatas. Tal es la voluntad
del Altísimo que exalta siempre a los humildes (Lucas 1, 52): que el cielo, la
tierra y los abismos se sometan, de grado o por fuerza, a las órdenes de la
humilde María, a quien ha constituido Soberana del cielo y de la tierra,
capitana de sus ejércitos, tesorera de sus riquezas, dispensadora del género
humano, mediadora de los hombres, exterminadora de los enemigos de Dios y fiel
compañera de su grandeza y de sus triunfos.
página 4 del diario de Santa Faustina
Página 4 del diario de Santa Faustina titulado
“La divina misericordia en mi alma”
15 Tal fue mi ingreso.
Sin embargo, por varias razones, más de un año tuve que estar en el mundo, en
casa de esta piadosa señora, pero no volví ya a mi casa.
En aquella época tuve
que luchar contra muchas dificultades, sin embargo Dios no me escatimaba su
gracia. Mi añoranza de Dios se hacía cada vez más grande. Esta señora, aunque
muy piadosa, no comprendía la felicidad que da la vida consagrada y en su
bondad, empezó a proyectarme otros planes de vida, pero yo sentía que tenía un
corazón tan grande que nada podía llenarlo.
16 Entonces me dirigí
a Dios con toda mi alma sedienta de Él. Eso fue durante la octava de Corpus
Cristi, Dios llenó mi alma con la luz interior para que lo conociera más
profundamente como el bien y la belleza supremos. Comprendí cuánto Dios me
amaba. Es eterno su amor hacia mí. Eso fue durante las vísperas. Con las
palabras sencillas que brotaban del corazón, hice a Dios el voto de castidad
perpetua. A partir de aquel momento sentí una mayor intimidad con Dios, mi
Esposo. En aquel momento hice una celdita en mi corazón donde siempre me
encontraba con Jesús.
17 Por fin, llegó el
momento cuando se abrió para mí la puerta del convento. Eso fue el primero de
agosto, al anochecer, en vísperas de la fiesta de la Madre de Dios de los
ángeles. Me sentía sumamente feliz, me pareció que entré en la vida del
paraíso. De mi corazón brotó una sola oración, la de acción de gracias.
18 Sin embargo, tres
semanas después vi que aquí había muy poco tiempo para la oración y que muchas
otras cosas me empujaban interiormente a entrar en un convento de regla más
estricta, Esta idea se clavó en mi alma, pero no había en ella la voluntad de
Dios. No obstante, la idea, es decir la tentación se hacía cada vez más fuerte
hasta que un día decidí hablar con la Madre Superiora y salir decididamente.
Pero Dios guió las circunstancias de tal modo que no pude hablar con la Madre
Superiora. Antes de acostarme, entré en una pequeña capilla y pedí a Jesús la
luz en esta cuestión, pero no recibí nada en el alma, sólo me llenó una extraña
inquietud que no llegaba a comprender. A pesar de todo decidí que a la mañana
siguiente, después de la Santa Misa, le comunicaría a la Madre superiora mi decisión.
19 Volví a la celda,
las hermanas estaban ya acostadas y la luz apagada. Llena de angustia y
descontento, entré en la celda. No sabía que hacer conmigo. Me tiré al suelo y
empecé a rezar con fervor para conocer la voluntad de Dios. En todas partes había
un silencio como en el tabernáculo. Todas las hermanas como las hostias
blancas, descansan encerradas en el cáliz de Jesús, y solamente desde mi celda
Dios oye el gemido de mi alma. No sabía que después de las nueve, sin
autorización no estaba permitido rezar en las celdas. Después de un momento, en
mi celda se hizo luz y en la cortina vi el rostro muy dolorido del Señor Jesús.
Había llagas abiertas en todo el rostro y dos grandes lágrimas caían en la
sobrecama. Sin saber lo que todo eso significaba, pregunté a Jesús: Jesús, ¿quién
te ha causado tanto dolor? Y Jesús contestó: Tú Me vas a herir dolorosamente si
sales de este convento. Te llamé aquí y no a otro lugar y te tengo preparadas
muchas gracias. Pedí perdón al Señor Jesús e inmediatamente cambié la decisión
que había tomado.
Al día siguiente fue
día de confesión. Conté todo lo que había ocurrido en mi alma, y el confesor me
contestó me contestó que había en ello una clara voluntad de Dios que debía
quedarme en esta congregación y que ni siquiera podía pensar en otro convento.
A partir de aquel momento me siento siempre feliz y contenta.
20 Poco después me
enfermé. La querida Madre Superiora me mando de vacaciones junto con otras dos
hermanas a Skolimów, muy cerquita de Varsovia. En aquel tiempo le pregunté a
Jesús: ¿Por quién debo rezar todavía? Me contestó que la noche siguiente me
haría conocer por quien debía rezar.
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